
“La palabra es una anomalía eviterna del hombre. Los seres clarividentes ven esa deformidad mental, que forma una giba delante su boca”. Parada. No hay panzas, no hay chicos, no hay rostros con años agobiados. Derecho a permanecer sentada. Retorno a la hoja. No a la lectura. De la giba de Juan Filloy parió una cosquilla que brota de la rodilla y recorre mi pantorrilla. ¿Mi? No cae, recorre. Serpentea salitrosa y amenazante en un derrotero que va colonizando los territorios dérmicos. “It’s my way”. El son de un mp4, dos asientos en diagonal, es tan suyo, son de sol, como la pantorrilla que va redimiéndose a su húmedo imperio en cada conquista fluvial, en cada súbito cambio de marcha. Es su ritmo sincopado de bondi en verano. “Chek, chek, chek, chek up my melody”. De polleras que develan los valles estivales, tiempo de cosecha de mosquitos, silbidos y cera. Tiempo en que una palabra sólo nace en clepsidra, sin poliéster ni algodón que detenga su devenir. Y así encierra su cauce semiótico en un dique circular de pegajosa potestad háptica. “Los seres clarividentes ven esa deformidad”. La giba es mi tobillo que ahora también es suyo en un fundirse de piporradioalcuadrado que me expulsa. Frenadón. Vocinas. Limp Bizkit, incesante cortina de fondo. Descubro una señora atiborrada que mira de reojo mi estar sentada. Pero estoy leyendo. Estoy mirando los garabatos entramados en negro sobre un fondo amarillento. El tapiz salta al respaldo que oficia de escudo ante la intermitencia de bolsas y codos desmoronados. Mi rodela ilustrada con ideogramas en liquid paper, continuados ese cartel de la Av. Gral Paz, con su caño chorreado de liquid y aerosol que dialoga con mi canilla deslizada en una gota de sudor que alcanzará la sandalia arrostrando su secreto perfecto. “Its my way. My way or the highway”. Y el desastre de una suela humedecida y la señora desbordada disparada hacia un asiento vacío cerca de la puerta de descenso; y su codo en mi costilla es prefacio de una mochila que avanza por el mismo espacio en que mi pie recibe, extasiado de calor, su libación; y el frenazonononón culminante en que mi rodilla saborea el plástico filoso del asiento, caricia rugosa en la que el círculo resplandece como orgásmica culminación de una supernova.
(…)
Por la ventanilla el calor es una mano vendiendo estampitas. Y por acá, es el parir del recuerdo negado que se reintegra límpido y ávido, aunque estéril como pulsera pasada de moda: ayer tenía turno con el endocrinólogo.